Es como cuando hay niebla y a nuestros ojos les cuesta ver con claridad lo que nos rodea: y en medio de esta extensión blanca como la nieve, perdimos a Matilde.
Una muerte en el trabajo, lo que a ella le gustaba hacer, una tragedia que parece absurda que afecte a una joven deportista.
Sin embargo, el trabajo del deportista tiene todo tipo de casos fatales y probablemente miles de protocolos no bastarían para evitarlos.
Era joven y hermosa, y su sonrisa que conocíamos por las fotos nos sobrecoge junto con la incredulidad de lo sucedido. Evitamos dar importancia al dónde y al cómo, mejor entender el porqué. Necesitamos una respuesta a la familia, a los jóvenes, al deporte.
No hay nada peor que un padre o una madre sobrevivan a sus hijas e hijos.
Me viene a la mente la muerte de Simoncelli, que se cayó en una pista de motociclismo, un deporte que, como otros, no es inmune al peligro. Y es el padre quien lo recuerda y lo convierte en un motivo de resistencia humana frente a un dolor imposible de somatizar. Sin duda, éste es también el caso de la familia de Matilde.
Si a ella le dirigimos un emocionado pensamiento y una sentida oración, a sus familiares les dedicamos el abrazo más fraterno posible.
De ella no nos importa conocer su palmarés deportivo y las perspectivas que le esperaban.
Demasiado fuerte es el dolor que conlleva un axioma: no se puede morir a los 19 años.
Adiós Matilde.